
La palabra Navidad viene del latín nativĭtas, que quiere decir nacimiento, y en el uso cristiano, el más difundido en la actualidad, se refiere al nacimiento de Jesucristo, que se celebra cada año el 25 de diciembre. Con el tiempo, la Navidad también pasó a tener un significado cultural y social, asociado a la familia, la solidaridad, el compartir y la Paz y la Esperanza. Por eso hoy, incluso personas no religiosas celebran la Navidad como una época de encuentro y buenos deseos.
Origen Cristiano
La Navidad celebra el nacimiento de Jesucristo en Belén, Palestina. Dos Evangelios Canónicos (según San Mateo y según San Lucas) y tres Evangelios Apócrifos (el Protoevangelio de Santiago, el Evangelio del Pseudo-Mateo y el Evangelio Árabe de la Infancia) narran el hecho, aunque no indican una fecha exacta, asi que los cristianos primitivos no celebraban la Navidad como fiesta.
No fue sino hasta el siglo IV que la Iglesia Católica fijó el 25 de diciembre como fecha oficial. En realidad la decisión fue hecha por razones teológicas, pastorales y culturales, pues no existía un récord histórico que respaldara el acontecimiento.
Esa fecha coincidía con fiestas romanas muy populares tales como las Fiestas Saturnales (celebraciones de alegría, regalos y banquetes) y las del Sol Invictus (fiesta del “sol que renace” tras el solsticio de invierno). La idea fue dar un sentido cristiano a celebraciones “paganas” ya existentes, asociando a Jesús con la “luz del mundo”.
A medida que el cristianismo se expandió, cada región añadió costumbres propias: Pesebres, Árbol de Navidad, Villancicos, regalos (inspirado en los Reyes Magos).

Los Místicos celebramos la Navidad como tradición religiosa. Pero también festejamos el significado esotérico de esta época del año que va más allá de lo histórico o religioso y que interpretamos como un símbolo de transformación interior, renacimiento espiritual y despertar de la conciencia. La Navidad coincide con el solsticio de invierno (en el hemisferio norte), cuando la noche es más larga y, a partir de ahí, la luz comienza a crecer marcando el triunfo de la Luz sobre la oscuridad, la esperanza después de la crisis y el renacer del espíritu tras un periodo de introspección.
El “Niño” Jesús lo interpretamos no solo como figura histórica sino como el Cristo interno y la chispa divina que nace en cada ser humano. La Navidad simboliza el momento en que esa conciencia despierta dentro de nosotros.
El pesebre representa, entonces, el corazón humano o el plano material y el hecho de que el nacimiento ocurra en un lugar humilde, nos muestra que lo divino nace en la simplicidad y que el despertar espiritual ocurre dentro de la vida cotidiana, no fuera de ella.
La estrella de Belén también es un símbolo sobresaliente: significa la guía interior, la intuición y la luz superior que orienta al alma en su camino evolutivo.
En lo esotérico, los regalos no son materiales, sino que son dones del espíritu tales como los talentos, las virtudes la sabiduría y el amor. Dar regalos es reconocer lo sagrado en el otro.
La Navidad marca el inicio de un ciclo. Nos recuerda que cada ciclo tiene su “tiempo de duración” y aprendemos a utilizar cada uno de estos periodos para nuestra superación personal. Saber que una etapa se repite, nos puede servir de indicativo de nuestro avance en la vida. En cada proceso (ciclo) algo “muere” con el objetivo de “volver a Nacer”. La Navidad, en este aspecto, nos recuerda la sabiduría de Jesús que, según el Evangelio de Juan, dice “Si el grano de trigo no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto”, compartiendo la idea de que es necesario morir a la vida vieja para que surja una vida nueva. La Navidad marca un-Nuevo Ciclo, una nueva Vida, una Nueva Oportunidad.
Esta época del año es, pues, ideal para perdonar y cerrar ciclos. Para sembrar nuevas “intenciones” y así, de esta manera, aprender a tomar el control de nuestro futuro (nuestra vida).



