Los Caballeros Templarios y sus secretos: el conocimiento oculto.

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Hay momentos en el Camino de Santiago en que la ruta deja de ser una carretera y se convierte en algo más difícil de explicar. Yo lo viví en el Alto de Mostelares.

Si alguna vez has caminado el Camino Francés, conoces ese instante en que dejas atrás Castrojeriz — con su castillo coronando el cerro como un centinela que lleva mil años en su puesto — y el sendero asciende hacia una meseta desde la que se ve todo. El cielo de Castilla se abre sin límites. El viento limpia el pensamiento. Y uno comprende, aunque sea por un instante, por qué a este camino se le llama iniciático.

Secretos Templarios Castrojeriz camino de santiago ALMMA
Vista de Castrojeriz desde el mirador del Alto de Mostelares, en el Camino de Santiago.

Encuentro el "Libro"

Iba subiendo como podía. Con la respiración corta y la vista clavada en los siguientes dos metros de camino, porque mirar hacia arriba en esos momentos es un lujo que el orgullo no puede permitirse. Fue entonces cuando las vi bajar desde la cima: dos señoras. Octogenarias. Frescas como si acabaran de salir de un salón de té. Me miraron con esa amabilidad suave que tienen las personas que ya no necesitan demostrar nada a nadie. Dijeron algo parecido a “buen camino” y siguieron bajando con una elegancia que destruyó lo poco que me quedaba de ego.

Mientras las veía alejarse — todavía preguntándome qué había salido mal en mi preparación física — llegué a la cima sin darme cuenta. Y allí había un buzón de peregrinos. Uno de esos recipientes anónimos donde los caminantes dejan notas, estampas o cosas que ya no quieren cargar…

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Libro "Temas de estudios Templarios", de la Asociacion Española de Caballeros y Damas del Temple.

Dentro había un libro… Y como es lógico, me lo llevé, pues en situaciones de ese tipo siempre me repito una frase que circula por ahí, que muchos le atribuyen al poeta cubano José Martí, aunque probablemente no sea suya: “Robar libros no es robar. Es rescatar conocimiento.” (Esta frase me encanta y lamento no haber sido yo el creador)

El libro se llamaba “Temas de Estudios Templarios”, editado por la Asociación Española de Caballeros y Damas del Temple. Un manual interno, al parecer. El tipo de texto que no circula en librerías, que no aparece en búsquedas de internet, que existe solamente dentro de ciertas hermandades que mantienen viva, de alguna manera, la memoria de la Orden de los Caballeros Templarios. Alguien lo había dejado allí, en la cima de un mirador desde el que se divisa el castillo de Castrojeriz — una fortaleza con siglos de historia templaria bajo sus piedras. Puede que sea coincidencia. Pero los que caminamos senderos iniciáticos sabemos que ciertas coincidencias tienen nombre propio.

Ese libro me recordó preguntas que llevo tiempo queriendo compartir. Preguntas para las que la historia oficial tiene respuestas muy convenientes… para no responder.

Empecemos por el principio: año 1118, Jerusalén.

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Los nueve Caballeros presentandose ante el Rey Balduino II en 1118

Nueve caballeros se presentan ante el rey Balduino II. Sin ejército. Sin recursos conocidos. Prácticamente “sin nombre”. Bueno — sin nombre no. Tenían nombre. Los lideraba Hugo de Payns, noble de Champaña, vasallo del conde más poderoso de Francia. Un hombre del que hay registros históricos… hasta 1113. Ahí desaparece. Cinco años sin dejar rastro en ningún documento. Y reaparece en 1118, en Jerusalén, pidiendo instalarse en el lugar más sagrado del mundo conocido.

El historiador Mariano Fernandez Urresti describe ese período como lo que probablemente fue: una expedición de reconocimiento. Una misión arqueológica al Monte del Templo. Alguien los mandó. Alguien sabía lo que había ahí abajo. Y alguien consiguió que Balduino II — rey de Jerusalén, no exactamente el tipo de persona que recibe a cualquiera — les abriera las puertas del lugar más sagrado del mundo antiguo.

¿Con qué argumento? La explicación oficial dice que querían proteger a los peregrinos que viajaban a Tierra Santa. Suena razonable. Excepto por un detalle: ya había varias órdenes haciendo exactamente eso. Los Hospitalarios llevaban años operando. Funcionaban. No había un vacío que llenar. Entonces, ¿para qué crear otra orden? ¿Y por qué ese lugar específico?

Y la pregunta que más intriga: durante los primeros nueve años de existencia de la Orden de los Caballeros Templarios, no hay registro de que participaran en ninguna batalla. Ninguna. Nueve caballeros. Nueve años. Viviendo bajo las ruinas del Templo de Salomón. Sin combatir. El nueve, que en la tradición iniciática representa el ciclo completo, la iniciación consumada — el número que se devora y se regenera a sí mismo. Difícilmente accidental en hombres que conocían la tradición sagrada.

Caballeros Templarios Templo del Monte castillo de Balduino II ALMMA
Recreación artística del palacio de Balduino II en Jerusalén, circa 1118. Sobre estas ruinas — construidas sobre los restos del antiguo Templo de Salomón — nueve caballeros pidieron permiso para instalarse. Lo que encontraron ahí abajo cambió la historia de Occidente. Imagen generada con inteligencia artificial basada en descripciones históricas de la época.

¿Qué hacían ahí abajo durante todo ese tiempo?

No sabemos con certeza qué hacian o qué encontraron. Eso hay que decirlo con honestidad. Pero sí sabemos lo que pasó después. Y eso es igualmente revelador.

En pocas décadas, esos nueve caballeros prácticamente desconocidos se convirtieron en la organización más poderosa de Occidente. Los Caballeros Templarios controlaban castillos en toda Europa y el Mediterráneo. Crearon los primeros sistemas bancarios modernos — la letra de crédito, el primer cheque de viajero de la historia, nació en las encomiendas templarias. Dominaban rutas marítimas que nadie más navegaba. Y financiaron la construcción de las catedrales góticas junto a maestros constructores anónimos que siglos después reconoceremos en los orígenes de la Francmasonería.

Ese salto — de nueve caballeros sin recursos a la institución más poderosa de la cristiandad en menos de dos siglos — no se explica solo con fe y espadas. Encontraron algo bajo el Templo. Documentos, mapas, conocimientos que cambiaron radicalmente lo que eran capaces de hacer y lo que sabían sobre el mundo.

Y cuando el rey Felipe IV de Francia los destruyó en 1307 — arrestándolos todos en un solo día, el famoso viernes 13 de octubre, origen real de esa superstición — lo que a Felipe más le interesaba no era su fe ni sus rituales. Era su tesoro. Sus archivos. Sus mapas. Los cuales nunca aparecieron.

El último Gran Maestre, Jacques de Molay, fue quemado vivo en 1314 frente a Notre Dame de París. Casi dos siglos de historia. Borrados en una madrugada. Cuenta la tradición que desde las llamas, De Molay pronunció una maldición contra el rey y el Papa. Ambos murieron ese mismo año.

Caballeros Templarios Jacques de Molay
Jacques de Molay, último Gran Maestre de la Orden del Temple, en la hoguera. París, 18 de marzo de 1314. Con las manos en oración y el manto blanco de la Orden todavía sobre los hombros, De Molay murió como había vivido: sin retractarse. Casi dos siglos de historia templaria se cerraron esa noche frente a Notre Dame. Según la tradición, desde las llamas pronunció una maldición contra el rey Felipe IV y el Papa Clemente V. Ambos murieron ese mismo año. Imagen generada con inteligencia artificial.

La Orden del Temple y Colón

En España existe un lugar llamado el Castillo de Calatrava, en Ciudad Real. Una fortaleza que los Templarios ocuparon durante algún tiempo — y que luego abandonaron. Lo cual, dicho así, suena normal. Excepto que los Templarios no abandonaban posiciones. Era prácticamente contrario a su naturaleza y a sus votos. Y sin embargo, aquí lo hicieron. Devolvieron la plaza al rey sin una explicación que convenza a nadie. ¿Qué había — o qué no había ya — en ese lugar que ya no valía la pena defender?

Lo que sí quedó dentro de ese complejo fueron archivos. Archivos náuticos — según sostiene el investigador José Antonio Hurtado, quien afirma que Cristóbal Colón los consultó antes de su viaje. Y que la ruta que utilizó para cruzar el Atlántico había sido descubierta por los Templarios y plasmada en un mapa ciento cincuenta años antes de 1492. El historiador Mariano Urresti desarrolla esta misma hipótesis en su obra Colón y el mapa templario: cartógrafos judíos vinculados a la Orden habrían trazado estas rutas décadas antes de que Colón pisara una carabela.

¿Es esto probado? No. ¿Es ignorable? Tampoco.

Porque Colón tenía una seguridad que no se explica. Navegó hacia lo desconocido como alguien que sabía exactamente a dónde iba. En las noches del 6 y 9 de octubre de 1492, su tripulación estuvo a punto de arrojarlo por la borda porque sus cálculos de distancia habían fallado. Y sin embargo siguió. Como quien sabe algo que los demás no saben. Y de regreso tomó una ruta diferente — perfecta — que ningún manual de navegación de la época describía. ¿Jugaba con cartas marcadas? ¿Y quién se las marcó?

Caballeros Templarios Caballeros a bordo de una embarcacion ALMMA
Caballeros Templarios a bordo de una embarcación, portando la cruz roja sobre fondo blanco que identificaba a la Orden en tierra y en mar. Los Templarios dominaron rutas marítimas que ninguna otra organización de su época conocía con igual precisión. ¿Adónde navegaban realmente? ¿Qué costas conocían que no aparecen en los mapas oficiales de la época?

¿Y si llegaron primero?

Yo vivo en las Américas. Camino estas tierras todos los días. Y no puedo evitar preguntarme si, mucho antes de que cualquier carabela cruzara el Atlántico, el conocimiento templario ya había llegado hasta aquí. Y quizás — solo quizás — ese conocimiento llegó a estas tierras antes que cualquier carabela.

Porque eso era el Temple en su esencia más pura. No un ejército. No un banco. Una orden de caballeros que tomaron los tres votos más difíciles que existen — pobreza, castidad, obediencia — y los pusieron al servicio no de un rey ni de un papa, sino de algo que consideraban más grande que cualquiera de los dos. Custodiar una luz que no les pertenecía. Transmitirla. Y si era necesario, morir por ella sin que el mundo supiera exactamente qué estaban protegiendo.

Eso no desaparece con un decreto. Eso no se quema en una hoguera. Eso encuentra siempre — siempre — la grieta por donde seguir.

Se filtró en la Francmasonería. En el Martinismo. En la Rosacruz — mi propia tradición — donde reconocemos en los Templarios a predecesores de la misma misión: custodiar un conocimiento que no es de una sola época ni de un solo lugar. No somos hijos directos del Temple. Pero somos, sin duda, herederos de la misma corriente de luz.

Caballeros Templarios Caballers y el Santo Grial ALMMA
Dos caballeros del Temple sostienen juntos el cáliz sagrado — imagen que condensa en un solo gesto la doble naturaleza de la Orden: guerreros y custodios. No custodios de territorio ni de riqueza, sino de algo que consideraban más valioso que cualquier reino: una luz que no les pertenecía, pero que habían jurado transmitir. Lo que ardía en ese cáliz no era fuego ordinario. Era la pregunta que la Orden se llevó a la tumba — y que todavía no tiene respuesta satisfactoria.

El libro que recogí en el Alto de Mostelares descansa ahora en mi biblioteca. No lo busqué. Me encontró. Y eso abrió una serie de preguntas que seguiremos explorando en los próximos episodios de esta serie: la conexión real entre el Temple, el Martinismo y la Rosacruz, los mapas que nadie debería haber tenido, y los secretos que, según algunos investigadores, todavía esperan ser descubiertos en este lado del Atlántico.

Si este tema te genera más preguntas que respuestas — bienvenido. Eso significa que vas por buen camino.

Les dejo, por ahora, con el lema espiritual que los Templarios adoptaron del Salmo 115:1,

“Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam”,

(“No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre dá la gloria”).

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