Muerte, Tránsito y Continuidad de la Conciencia
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Cada uno de nosotros, de cierta manera, ha perdido a un ser querido… un padre, una madre, un hermano, un hijo, un amigo entrañable. Y sé que el dolor de esa ausencia es real, tangible, y que ninguna palabra puede llenarlo completamente. No pretendo quitar ese dolor —sería insensato intentarlo— pero sí ofrecer una perspectiva que, quizá, pueda acompañarnos en esos momentos difíciles.
La muerte siempre llega a su tiempo, aunque he de aclarar desde el inicio que, cuando uno empieza a hablar de la muerte, el tiempo tiende a volverse poco confiable.
La muerte es un tema curioso: todos sabemos que existe, todos contamos con ella, pero preferimos no tenerla muy cerca. La muerte es uno de esos asuntos que todos creemos conocer íntimamente y, sin embargo, nadie entiende del todo. No porque sea especialmente compleja, sino porque tiene la mala costumbre de que siempre les ocurre a los otros… hasta que deja de hacerlo. Y cuando nos toca, ya no estamos disponibles para explicar nada a los demás.
¿Explicar la muerte?
El gran problema con la muerte, entonces, no es tanto morirse como explicarla. A lo largo de la historia hemos intentado explicarla de muchas formas. Con mitos, con religiones, con filosofía, con ciencia. La ciencia, hay que decirlo, hace un trabajo admirable… avanza con bella seriedad, pero llega un punto en el que tiene que admitir que el sujeto de estudio se ha ido sin dejar una nota.
La pregunta, sin embargo, insiste: ¿qué pasa después? ¿Se apaga todo? ¿Hay un tránsito? ¿La conciencia continúa de alguna forma o simplemente se disuelve como una contraseña olvidada?
Cuando perdemos a alguien amado, estas preguntas dejan de ser abstractas. Se vuelven urgentes, personales, dolorosas. ¿Dónde está ahora esa persona? ¿Sigue existiendo de alguna forma? ¿Puede sentir nuestro amor? ¿Nuestro dolor?
Estamos acostumbrados a pensar la muerte como un apagón. Luz encendida, luz apagada. Pero esa imagen dice más de nuestros artefactos que de la realidad. No somos “cuerpo” solamente, somos, mas que todo, “conciencia”. Y la conciencia no se comporta como un bombillo. No tiene filamento, no ocupa espacio, no puede guardarse en una gaveta, y sin embargo está aquí, ahora mismo, escuchando estas palabras, decidiendo si tienen sentido o no.
Tal vez el error está en creer que la conciencia es una cosa “material” o “física”. Algo que se posee, que se tiene, y que está encerrado en nuestros cráneos. Pero cada vez que intentamos señalarla directamente, se nos escapa. Podemos observar pensamientos, emociones, sensaciones… pero la conciencia misma siempre está como “en otro lado”, mirando.
Algunas tradiciones antiguas y algunas teorías modernas coinciden, para incomodidad de todos: la conciencia no sería una cosa, sino un proceso. Y los procesos no mueren como tienden a hacer los objetos, sino que cambian de estado.
“La energía no se crea ni se destruye, se transforma”, decía nuestro hermano De Lavoisier allá en el muy interesante siglo XVIII.
Y si esto es verdad para la energía física, ¿por qué no habría de serlo para esa energía sutil que llamamos conciencia?
Hablemos de la Consciencia
Si la conciencia fuera solo un subproducto del cerebro, al apagarse el cerebro se acabaría el asunto. Caso cerrado. Pero hay algo extraño: la conciencia no se deja localizar con precisión. No tiene peso, ni forma, ni lugar fijo. Y aun así es lo más íntimo que tenemos. ¿Nunca has sentido la “presencia” de tu ser querido a tu alrededor?
Tal vez al morir no perdemos la conciencia. Tal vez dejamos de insistir en individualizarla.
Para quienes han perdido a un ser querido, esto puede ofrecer consuelo: lo que amábamos en esa persona —su esencia, su luz, su manera única de estar presente en el mundo— no era solo su cuerpo ni su personalidad temporal. Era algo más profundo. Y ese algo más profundo no se extingue con la muerte física.
Cuando recordamos a nuestros seres queridos, no estamos simplemente reviviendo el pasado. Estamos conectando con algo que continúa existiendo de otra forma. El amor que compartimos no estaba almacenado en sus cuerpos físicos, sino en un plano más sutil de la realidad. Y ese plano no se ve afectado por la muerte.
¿Te has preguntado qué ocurre después de la muerte? Podemos sospechar algo: que no es un error del sistema, sino una función claramente definida para un cambio de estado. Que no se pierde todo, sino que se reorganiza lo esencial, lo “inmortal“.
Quizá, cuando llegue el momento, descubramos que lo más extraño no es haber muerto… sino haber creído durante tanto tiempo que éramos esencialmente solo esto, el cuerpo físico.
Y quizá también descubramos que aquellos que amamos y perdimos nunca estuvieron realmente lejos. Solo cambiaron de forma. Solo transitaron.
Bien, hemos hablado de la muerte como tránsito y de la conciencia como algo que no se extingue.
Pero eso deja una pregunta inevitable: si algo continúa… ¿Qué exactamente somos nosotros?
En nuestro próximo encuentro nos detendremos en ese punto incómodo: la personalidad, la memoria y esa construcción a la que llamamos “yo”, para ver cuánto de ella es esencial y cuánto es simplemente mortal.
Cuando perdemos a un ser querido, el duelo es necesario y saludable. Pero podemos transitarlo de manera diferente si comprendemos que la muerte es un cambio de estado y no una extinción.
Meditación Guiada
Ejercicios
Hagamos estas pequeñas prácticas durante la siguiente semana:
Diálogo silencioso: Dedica unos minutos cada día a sentarte en silencio y dirigirte mentalmente a la persona que has perdido. No como si estuviera muerta y ausente, sino como si estuviera presente de otra forma. Háblale, comparte tu día, tus sentimientos. No esperes respuestas verbales, pero permanece atento a las sensaciones, intuiciones o recuerdos que surjan. Realiza que ahora la manera en que te comunicabas con ese ser ha cambiado.
Observa la permanencia en el cambio: Durante tu día, observa procesos de transformación: el agua que hierve y se vuelve vapor, una vela que se consume, pero emite luz y calor, las hojas que caen del árbol y nutren la tierra. Reconoce que en la naturaleza nada se pierde, todo se transforma. Aplica esta observación a tu comprensión de la muerte.
Honrar sin aferrarse: Crea un pequeño espacio en tu hogar (puede ser un rincón, una repisa) donde coloques una foto o un objeto significativo de tu ser querido. Visítalo regularmente no para llorar su ausencia, sino para reconocer su continuidad de otra forma. Enciende una vela, ofrece una flor, simplemente permanece ahí unos momentos en silencio consciente.
El objetivo no es negar el dolor de la pérdida, sino comenzar a relacionarnos con nuestros seres queridos de una manera nueva, reconociendo que el vínculo de amor trasciende la forma física.
Me despido ahora, hasta nuestra próxima cita.
Permanece, pues, atento, crítico y curioso. ¡El aprendizaje no termina aquí!






